Del libro Oscuridades (2023)
Del libro Provocaciones
(antes, Contra Rilke y otros poemas), 1998
PROVOCACIÓN
Alguien oculto en la maleza
nos tira piedras, nos insulta
desde un recoveco del dolor,
más allá del ruido de palabras.
Algo desde dentro nos ofende.
Una sospecha no cicatrizada,
una mentira envuelta en sangre,
que derraman su veneno lento.
Y la indignación nos precipita
hacia un abismo externo donde
desafiamos las leyes naturales
con un puñado de contradicciones.
De la provocación nace el poema.
CONTRA RILKE
No la soledad como testigo
ni la revelación como tarea.
Tampoco una ambición excesiva,
sino un distanciamiento mutuo.
Algo que deje en entredicho
nuestra perseverancia por la vida,
que distorsione el ritmo del poema
y nos mantenga al borde de la duda.
No el mar con su enérgico oleaje,
sus bandadas de vientos y símbolos.
En todo caso, el charco que la lluvia
hizo crecer y abandonó a su suerte.
En él se refleja nuestro embate,
parco de imágenes, seco de sentidos,
pertinaz en su empeño e irrisorio
tras la tormenta, cuando el sol fustiga.
No una vida entera solo para el verbo,
acompañados de la amiga inseparable
en busca de algo eterno o fidedigno.
De vez en cuando una verdad a medias,
un gesto impuro, una mentira limpia
que nos retengan en el sitio amado.
La vida no se sustenta en las palabras,
y el consuelo se gana en el silencio.
DE LAS PALABRAS
De las palabras queda su sabor
después de haberlas ingerido:
un poso levemente amargo, un eco
de alguna certeza ya irreconocible.
Algo irremediable se ha perdido
entre tanta confusión de sílabas,
como si el tren de los recuerdos
y los sueños ya se hubiera marchado
cuando llegas tarde a la estación
arrastrando los pies y las maletas.
Es una sensación de neblina en
los ojos, de torpor en las manos,
mientras te recuperas del tropiezo.
Alguien ha venido a ayudarte, pero
lo insultas y lo increpas: déjame,
estoy mejor así, sucio de barro,
que no con ese traje de adjetivos
deslumbrantes que te queda grande.
O aquel día, después de la nevada,
cuando empezó a cantar un niño
y los vecinos salimos a la calle.
Solo pudimos escuchar los últimos
susurros antes de que el viento
desperdigara aquella melodía,
y nada pudo consolarnos esa noche.
POLIZÓN
El tiempo se decanta por los puertos
abandonados al tráfico de las injurias,
al acoso de la prostitución.
Ronda los muelles a la medianoche,
desorienta las brújulas,
envenena las copas de los marineros.
El tiempo prefiere los otoños fríos
en fechas cercanas a un naufragio
sobre una embarcación a la deriva
que sobrevuelan los albatros,
atraídos por alguna inclemencia.
Viejo polizón incrustado
en las grietas de la piel, reseco,
resentido de siempre, temeroso,
que labora día y noche
bajo cualquier circunstancia,
aplicando sus designios fugaces.
Y si alguna vez nos topamos
con su estela cegadora,
sabemos que pasó, ligero y contumaz,
como pez que se escapa de las manos
y se esconde en otros mares dispersos.
Del libro Enfrentamientos (1993)
La soledad inyecta su veneno
a través de la piel, se transparenta
en los miembros del cuerpo fatigado,
y en él solidifica sus costumbres.
Un olor entre amargo y discreto
emiten los poros en la habitación
donde se regodea la penumbra.
Solo un espejo de tamaño humano
siembra la inquietud mientras espera.
Una figura de mujer yacente,
arropada por debajo del pecho,
abre los brazos como quien desea
y reclama la presencia de alguien.
Pero no hay señales ni vestigios
de otra presencia que no sea el tiempo.
Queda el perfume de la memoria
confundido con el olor de la madera.
Y de todo ello se benefician las sombras.
LA CONVALECIENTE
La ventana insinúa un mundo adormecido
que no pugna por entrar rompiendo
los cristales, sino que los penetra
con un rumor de luz que te sostiene
aérea, precisa en tu existir precario,
imprecisa en el aura que te arropa.
Tienes en el rostro casi desgastados
los signos de la vida. ¿Duermes o meditas?
¿Te imaginas la perfección de un cuerpo
que venciera huesos, venas y tendones,
te mostrara ante el mundo de otra forma
y te vieras llena de encanto? ¿Duermes?
¿Tú querrías dañar con uñas y palabras
esta distorsión real de la materia
y tocar otro cuerpo tuyo sin fisuras?
Perderías vocación de amante, perderías
lo que merece perdurar por frágil,
todo lo que la luz perfecciona en tu cuerpo.
LA SIESTA
Lo natural es dormir y sosegarse,
cerrar los ojos a la apariencia
y abrirlos dentro, sobre la hondura.
Apaciguar la fiebre de las ideas,
la marea de los conceptos, rechazarlas.
Abrir un boquete hacia un abismo interno
y dejarse caer inevitablemente.
Caer hacia la prolongación de la vida,
hacia la zona clandestina donde
la conciencia y el cuerpo se distancian.
Abandonar la recogida de la mies
y limpiarse el sudor cuando el cansancio
desvirtúa la tarea y la envilece.
Echarse encima de la tierra contemplando
por unos segundos ese cielo enorme
que tranquiliza a la mirada inquieta.
Y allí negar la insistencia de las cosas,
la participación de voces en el aire,
la circunstancia de estos cuerpos dormidos
en una escena callada, teñida por el sol.
Tendidos sobre las mieses y la tierra,
el hombre y la mujer descansan juntos,
desprendidos del dolor, de la ignorancia,
a la espera de nada, simples y concretos,
focos de vida deslumbrando el paisaje.
Y al fondo el animal come tranquilo
junto al carro vacío de voces y de gestos,
mientras el cielo abierto se adormece,
mientras el hombre y la mujer se perpetúan
en esta imagen de dioses inmutables.
LOS COMEDORES DE PATATAS
El día es una servidumbre, atenta
contra sus hijos y los desasosiega,
graba en ellos el estigma del miedo
y los predispone al desamparo.
Les pertenece solo la noche,
y en ella cobijan su consuelo
mal iluminado; noche de escasez,
precipitada sobre sus espaldas
encogidas por el peso del hambre.
La oscuridad les llena la despensa
de un alimento amargo, y la penuria
se manifiesta en sus sombríos gestos.
Bajo una lámpara inquietante
están los engendrados por el frío
en torno a una mesa ensombrecida.
Apenas si la voz los acompaña
y les tizna la boca de un deseo
que a punto de nacer los sobrecoge.
Sus miradas intentan ocultarse,
avergonzadas ante la luz que impone
la visión de estos cuerpos entregados
al olvido, el esfuerzo y la melancolía.
Poco a poco comen las patatas
con la mansedumbre del desposeído.
Del libro inédito Lobos (1980)
LA PRESA
Camina, lobo, sin descanso hacia tu presa.
Elige la más sabia, la que conozca el filo de las uñas
y cómo son tus ojos cuando buscan sangre,
para que sea mayor el honor de haberla capturado.
Persigue sus caminos a través de todos los senderos
y no cejes jamás en el empeño noble de las garras,
que piden destrucción y muerte a un mismo tiempo;
no niegues tu deseo constante de ver sangre
derramada en la tierra por tus propias garras
y de sentir su liquido calor
recorrer las arrugas de tu lengua.
No termine el afán grabado en tus colmillos;
busca y encuentra un rastro de su cuerpo,
una señal intacta de su miedo,
un recuerdo fugaz de su mirada;
continúa con brío al acecho de sus pasos,
y cuando al fin avistes su presencia,
su forma remarcada en el paisaje,
y cuando veas sus ojos gemir como implorando,
no tengas compasión, abre la boca
de par en par y lánzate a su cuerpo,
clava tus dientes con pasión enardecida,
fustiga con las garras,
atemoriza con tu grito de odio,
abrázate a su pecho tembloroso
y sigue y sigue hasta el final, hasta que quede
sola tu boca jadeante en medio de la muerte,
sola tu sangre reluciendo en medio de la muerte,
porque has matado a un lobo, te has matado a ti mismo.
HUELLAS DEL LOBO
Aquí, sobre este barro de dolor, encima de la tierra,
has dejado plantado un signo de tu cuerpo,
una revelación oscura de que vives.
Aires vendrán cantando y dando vida.
Lluvias prosperarán borrando los contornos
de tus altivas garras, de tu aliento.
Tú morirás, tal vez serás de nuevo
en la dulce sonrisa de las hojas
o en la feroz mirada de otra bestia.
Y cuando un lobo con amor pise otra vez el barro
donde dejaste tu dolor o amaste sin consuelo,
no sentirá tal vez tu huella oculta tras el tiempo
ni escuchará el sonido del recuerdo.
Pero otro lobo en su interior sabrá que aquella tierra
fue testigo una vez del peso de tu cuerpo,
y algo se moverá en el pecho de aquel lobo
que contempla los bosques donde tú viviste y deseaste,
algo tal vez que no sentirá nunca,
pero que vive dentro y que perdura.
LA NIEVE
El cielo a veces canta
y envía gorriones blancos de su dicha,
mensajeros de amor, guardianes de lo alado.
Vienen sin prisa y sin dolor, pues saben ciertamente
que su caída es más tierna que las hojas
y que el golpe en la tierra es como un beso;
saben que vivirán cantando para siempre,
alimentando con amor la tierra y sus raíces.
Ya están aquí los suspiros del gozo de la altura
que emocionan a la música del valle
y mueven su pasión de alas que murmuran.
Llegan despacio y pósanse con mimo
sobre las ramas y las llenan todas
con sus pequeños cuerpos temblorosos.
Dejan caer sus formas en la yerba,
donde conforman su verdad al molde de lo verde.
Ellos no saben que el horror es piedra y es silencio.
No conocen el miedo ni el dolor del aire.
Para ellos el abismo suena como música
y saben que en el fondo siempre está la tierra.
Son criaturas inocentes que tan sólo caen
sobre tu piel rugosa y sobre el campo,
anunciando en sus rostros luminosos
una región de luz que no es el sueño.
LOS BUITRES
Obsérvalos: los buitres te preceden
en una procesión de círculos oscuros,
baten el aire con un grito gris que se hace eco
y que retumba en las montañas más desfiguradas.
Saben que estás herido y que tus ojos
gimen cual manantial que pronto estará seco.
Saben que estás perdido y solo entre las piedras
y que tus pasos te conducen recto hacia el olvido,
a la región donde tus huesos toquen las raíces
y mezclen su dolor con el dolor común de todo lo que existe.
Los buitres; míralos, observa cómo acechan
el cansancio infinito de tu cuerpo que anda por los campos
arrastrando tus patas, lastimadas, por la yerba clara de los valles,
abandonando a cada paso un poco de ti mismo.
Pero aún te quedan fuerzas, aunque mínimas,
para gritar tu desesperación en medio de estos bosques,
para chillar tu miedo, tu impotencia vasta como un cielo,
para que todos estos seres que rodean tu cuerpo fugitivo
sepan que aún vives y que aún aúllas con fiereza,
porque la vida dura hasta que el cuerpo yace sobre el suelo.
Aúlla, lobo, aúlla;
que esos buitres que esperan en lo alto
comprendan que la lucha no ha acabado.
(Página actualizada el 28 de febrero de 2025)